DESPERTAR JUNTOS.

 

A veces, sólo una caricia bastaba para energizar todo su cuerpo; este fue el caso cuando puso su mano en la pierna de ella. No tan arriba como para parecer un pervertido, ni tan abajo para afirmar su noviazgo. Ella voltea, y le responde con un gentil beso en los labios, aprovechando un semáforo en rojo.

Cuando por fin llegan a su destino, y él estaciona el auto, suben hasta el apartamento que les espera. Es una noche algo fría, pero cálida para ellos dos. Una vez dentro del hogar, ella aprovecha de irse a bañar, tomando un descanso de ese día. Agua caliente cae sobre su cuerpo, y un suspiro aparece. Relajación y felicidad son las cosas que les llega a la mente, y no iba a ser menos, dado el lindo día que tuvo: Una tarde juntos y una cena de pizzas con alcachofas y otros ingredientes no tan importantes. Se enjabona, lava su cabello, exfolia su piel, deja que el agua relaje sus músculos… Todo esto en un lapso de media hora, tiempo habitual para sus duchas. Aprovecha de salir en toalla ya que no hay nadie más en el lugar; sólo él. Entra al cuarto y está ahí esperando, con toalla en mano. Al verla se levanta, abre la puerta suavemente y se dirige al baño para hacer lo mismo. Ella cierra la puerta, tumba su toalla y procede a vestirse: Unas pantaletas de color negro intenso, su respectivo mono de dormir y una blusa de algodón suave, evitando el uso de un sostén que le incomode al acostarse. Se dirige a la cama, se tumba y empieza a ver su teléfono, viendo lo que las redes sociales acostumbran a mostrar: El contenido que todo el mundo publica pero a casi nadie le interesa; sólo alguna que otra imagen de interés para ella.

Unas cuantas imágenes luego, entra él al cuarto. La ve, sonríe y cierra la puerta para continuar con su camino. Ella lo observa, porque indiscutiblemente es mucho más interesante ver su sonrisa que su teléfono. Además, aprovecha de ver su pecho, sus pectorales y su abdomen. Siempre le gustó, y él siempre lo ejercitó para que así fuera. Entonces, se quita la toalla, y, sin él percatarse, ella baja la mirada y observa su pene. Flácido, pero no pequeño, colgando entre sus piernas, depilado y con una forma curiosa e interesante para ella. Él se gira para buscar su ropa y, ella, una vez más, aprovecha de ver sus nalgas, estas un tanto más interesantes para ella que su propio pene. El paisaje termina cuando un bóxer sube por sus rodillas y cubre sus partes. Se dirige a la cama, y se acuesta con ella. Se miran. Se observan. Están cara a cara. Él le pone la mano en la espalda. Ella le acaricia el rostro. Ambos penetran la mirada del otro, como buscando algo en el universo que esconden sus pupilas. Encontrándose el uno al otro. Las caricias de él se meten debajo de la blusa, tocando su espalda desnuda y generando una sensación bastante relajante. Las miradas los lleva a acercarse y juntar sus labios, pero sin hacer presión. No es cualquier beso, es un roce de labios que les generan un cosquilleo a ambos, bastante romántico, bastante sutil. Entre roces, besos pequeños, caricias y miradas. Sus cuerpos se tocan, y sus almas se juntan. Una leve separación basta para que ambos respiren cómodamente, y proceden a dormirse, en esa misma posición. Abrazados. Amándose.

Entra la luz por la ventana, la temperatura aumenta ligeramente, el sueño se agota: Ya es de día. Él se levanta, camina hacia el baño y empieza a cepillar sus dientes. Ella, al sentir la ausencia intranquilizante de su amado, se despierta. Percatándose de la puerta abierta, se pone de pie y dirige su soñoliento cuerpo hacia el baño, esperando verlo ahí. Comparten un “Buenos días, mi amor” al encontrarse en el baño, y una vez terminada la faena de él, ella empieza a cepillarse los dientes también. Él le abre espacio en el lavamanos, pasando por detrás de ella. Ella, junta la pasta en el cepillo y comienza la labor, cuando de repente siente una presión en su cintura, y un repentino bulto entre sus nalgas. Acto seguido unas manos se deslizan por debajo de su blusa, suben y aprietan sus senos de forma circular. Todo esto le hace sentir un cosquilleo electrizante en el cuerpo, pero ella responde con un empujón; tal vez por lo repentino. Él la ve, sonríe, y la suelta. Le da un beso en el lóbulo de la oreja izquierda y se dirige al cuarto, dejándola en el baño hasta que termine de lavarse los dientes.

Unos cuantos pasos bastan para llegar a la habitación de nuevo. Abre la puerta y ahí está él, esperándola. La toma de las manos, la aparta de la puerta y la cierra. Con un movimiento ligeramente brusco, la apoya contra la pared. Ella siente el bulto de nuevo entre sus nalgas, esta vez más duro, más grande. Y, a su vez, una mano que se desliza rápida mente entre sus piernas, tocando sus muslos interiores, pero ralentiza su paso a medida que sube. Siente unos dedos entre sus labios vaginales. Toda la situación la pone nerviosa, pero excitada. El cosquilleo de esos dedos y lo electrizante de ese bulto, hace que su cuerpo se caliente rápidamente. Cuando ella parece tener el control, se voltea para decir algo, pero en ese justo momento unos labios tapan su boca. Él la besa, presiona sus labios, mete su lengua en su boca y empieza a recorrerla toda. Ahora el cosquilleo está en todo su cuerpo, y el control se pierde poco a poco. Se moja.

Los movimientos continúan, hasta que él se detiene y la suelta. Ella, desconcertada lo mira a los ojos, a lo que este sonríe y le dice: “Quiero que hagamos algo distinto”, a lo que él le quita el mono suavemente, acaricia sus piernas y la conduce hacia la cama. Él en bóxer, ella en pantaletas y su blusa.

Primero se acuesta él, abre las piernas, y entre ellas se reposa ella, de espaldas. Entonces, él le explica: “Quiero que conozcamos nuestros cuerpos, con caricias”. Una mano se posa en la pierna derecha de ella, y la otra en su rostro, dirigiéndola a los labios de él, para caer en un profundo y pasional beso. Ella le acaricia la mejilla, mientras que la mano de él empieza a subir desde su rodilla, con la punta de los dedos, hasta el borde de su pantaleta, pero sin tocar su vagina. Repite el proceso tres veces más, luego retira la mano, para colocar las dos debajo de su blusa. Sube lentamente por su abdomen, acaricia la parte baja de sus senos y, cuando llega a sus pezones, los toma y los empieza a masajear suavemente en movimientos circulares. Esto la excita, realizando un movimiento inconsciente de abrir las piernas, además de mojarse un poco más. Los besos comienzan a tomar fuerza. Ella, en búsqueda del placer mutuo, desliza su mano por su espalda, buscando su bóxer, hasta que por fin lo encuentra: Una erección dura, caliente, que no cabe en su mano. Empieza a masajear también, percatándose que la punta del pene está un poco mojada. Esto la excita más aún. Él, aprovechándose de la situación, baja una de sus manos, y empieza una especie de juego para torturarle los sentidos: Con la punta de sus dedos empieza a deslizarse, baja por su abdomen, pasa por su entrepierna, rozando sus labios vaginales, pero sigue moviéndose hasta sus piernas, para luego subir y repetir el proceso, intercalando entre su muslo derecho y el izquierdo. Tanto roce y jugueteo hace que empiecen a sentirse pequeños gemidos entre los besos. Ella quiere sentir su pene, su excitación, sus gemidos. Entonces, intenta sacarlo, pero cuando está a punto de hacerlo, siente que un dedo se afinca en su vagina, abriéndose camino entre sus labios y haciendo contacto con su clítoris. Ella gime. No lo resiste. Sus labios se despegan y cierra los ojos involuntariamente. Él, al ver su reacción y al notar que está tan mojada que traspasa la prenda de color negro, sube la mano y se abre camino a través de ella. Ahora, desliza dos de sus dedos, atrapando su clítoris entre ellos y sintiendo toda su humedad. Movimientos de arriba hacia abajo son acompañados de gemidos y besos fugaces.

Una mano en su vagina, húmeda y caliente, como un volcán en erupción. Otra jugando con su senos, firmes y con los pezones duros. Ella, como puede, introduce la mano en el bóxer, encierra con sus dedos el pene y lo masajea de arriba hacia abajo. Un gemido incontenible sale de la boca de él, lo que hace que ella enloquezca lentamente de excitación. Los dedos jugando con su clítoris aumentan el ritmo. Un gemido fuerte sale de su boca. Las piernas le empiezan a temblar y no puede seguir agarrando su miembro. Con una mano, le clava las uñas en la rodilla de él; y con la otra, se toma de las sábanas, como si estuviese a punto de despegar del placer. Otro gemido. Él no se detiene. Movimientos pélvicos acompañan la danza entre sus dedos. Otro gemido. Se moja aún más. Él le besa el cuello y le lame la oreja. Otro gemido, más fuerte, más profundo. Sus piernas le empiezan a temblar. Un suspiro. Un intenso orgasmo.

Deja que ella se recupere, dándole besos tiernos en el cachete. Pero ella sabe que aún no termina. Sabe que falta él. Sabe que lo mejor está por venir.