Medicencriss

Relatos, opiniones, y nada más.

Mes: abril, 2015

Insomnio.

Insomnio


Era tarde, de noche, cuando las horas no se sienten y el silencio estremece la tranquilidad que debería brindar. Un frío intenso entra por la habitación, recorriendo cada rincón de la misma, y con esto, cada centímetro de piel de Andrés.

Andrés era un hombre de 23 años, cuya vida era completamente normal para alguien de su edad: Salía a fiestas, conocidos por montones, amigos contados con una mano, de actitud socialmente aceptable, universitario, con una visión clara al futuro, y, lo que es más importante, compartía los mismos miedos y temores que la mayoría.

Andrés se levanta de su cama a causa del frío y del silencio abrumador que hay en su apartamento, lo que ocasiona unas inmensas ganas de ir al baño a la pobre alma padeciente de insomnio. Se levanta, busca sus sandalias con los pies y se abre camino hasta el baño. El pasillo hasta el sitio lo incomoda, porque, a pesar de ser su apartamento y vivir con su familia, no había nadie allí.

-Debieron salir a cenar -Pensó Andrés, sin darle mucha importancia al hecho de que no lo invitaran, puesto que fue él quien salió de su hogar hace dos días de parranda y no había dormido del todo bien.

Una vez hecho lo que tenía que hacer, se mira al espejo, como buscando la respuesta a su insomnio que obviamente no iba a encontrar. Un rostro cansado, con piel reseca y ojeras enormes es lo que consigue ver en su reflejo. Luego de esto, las inevitables ganas de ir al baño le provocan una sed inmensa y repentina, lo que obliga a Andrés a dirigirse a la nevera en busca de algo que tomar. Una vez más, se extraña del vacío que hay en el apartamento, y además de eso, de la oscuridad atrapante que hay desde el pasillo hasta la cocina, lo cual no es normal puesto que siempre están encendidas las luces.

-Las debieron apagar cuando salieron- Pensó nuevamente.

Retomando su búsqueda por algo de agua, fue prendiendo alguna que otra luz que lo guiaran hasta la jarra de agua que se encontraba en la pared de la nevera. Se sirve un vaso y bebe. Siente como el líquido baña lentamente su boca, y torpemente, moja sus labios también; pero algo extraño sucede: No puede tragar.

Aquel fluído, que debería ser simple agua, no puede pasar más allá de su garganta; es espeso, y poco a poco empieza a impregnar su paladar de un leve sabor a hierro. Es ahí cuando, con un poco de temor a lo que encontrase, Andrés observa el vaso de vidrio. Su miedo incrementa notablemente. La incomodidad que le causa lo que está viendo, hace que su cuerpo se ponga algo tenso y le erizen los pelos de la piel: En el recipiente no hay agua, hay sangre. Y no conforme con eso, el vidrio está roto; tiene grietas en la punta, con filo suficiente para destrozar, cortar y atravesar su piel. Temblando, sube la mano lentamente hasta su boca, sólo para confirmar lo que en los rincones más aterradores de su mente había sospechado: Tiene la boca desgarrada. Un trozo de labio le cuelga por el costado derecho de su quijada, con la piel bañada en sangre, gota a gota impregnando el piso de madera que está bajo sus pies.

La mente del jovén no puede aceptar todo lo que está viendo y sintiendo. Poco a poco se estremece del dolor en su boca y del miedo que le ocasiona la situación. Se siente paralizado, con los músculos tensos, la piel erizada y una gota de sudor frío que cae lentamente por el lado izquierdo de su frente; está a punto de colapsar. Es entonces cuando siente que el suelo se mueve en ondas, compórtandose como pequeñas olas en el mar que lentamente aumentan su tamaño y le hacen perder el equilibrio. Andrés mueve un pie hacia delante para recobrar la posición antes de caerse, pero se resbala con la sangre que cayó de su boca, antes de bañar también sus pies de aquel líquido espeso proveniente de su cuerpo. Cae hacia atrás bruscamente, pega la cabeza contra el tope de mármol de la cocina y escucha un ligero “crack” antes de caer desmayado en el suelo.


Parte 2: Pesadilla.

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El poder de quejarse.

EL PODER DE QUEJARSE

Recuerdo que ya hace un tiempo tuve la oportunidad de viajar a Noruega. Es un país hermoso cuya definición principal que estoy a punto de dar, puede parecer normal bajo cualquier punto de vista, pero no para nuestro contexto patriótico-bolivariano: Es un país donde todo funciona. La gente sigue las normas. Los peatones cruzan el paso peatonal y los conductores lo respetan. El movimiento de trámites es eficaz y no está sometido a un sistema burocrático. Los niveles de inseguridad son bajísimos por no decir nulos. La relación precio-sueldo es verdaderamente justa. La variedad de productos no es mucha puesto que es un país que se acostumbró a consumir lo que producen, sin embargo, no existe escasez de nada. El sistema de transporte público es eficiente e incluso daba gusto usarlo. Y así en una lista lo suficientemente larga como para no escribirla aquí…

Era una tarea casi imposible para mí asimilar y digerir todo esto sin tener la boca abierta del asombro, anhelando cada detalle a mi alrededor, sobretodo porque quería ver a mi país de la misma manera. Y la gente no era para menos; la mayoría son amables, algunos no te hablan mucho pero era por una cuestión de timidez (tal vez en la capital, Oslo, sean más abiertos, sin embargo no en Fredrikstad, que era donde me encontraba). Y para quienes se lo pregunten, el idioma nativo allá es el noruego, y no, no sé hablar noruego. El sistema de educación allá es lo suficientemente calificado como para que les enseñen Inglés (lo cual es necesario, porque nadie más aparte de ellos habla ese raro idioma), pero no un inglés básico y mediocre como el de aquí; les enseñan el idioma de tal manera que pueden tener una conversación con cualquier persona en el mundo que también lo domine, aunque he de admitir que algunos tienen una pronunciación bastante torpe (incluso más que la mía).

A pesar de todo esto, hubo algo que me sorprendió incluso más, algo que para mí, fue la gota que derramó el vaso. No fue algún avance tecnológico, que por cierto eran muchísimos; un orgasmo visual para este geek que se sorprende con mucha facilidad. No fue algún gesto de amabilidad de parte de alguien. Ni tampoco el hecho de que la gente se detuviera en la luz amarilla del semáforo (si, así de raros son…). De hecho, lo que me asombró tantísimo fue enterarme de dos hombres mayores (viejos verdes, digamos) que se quejaban de la cantidad de impuestos que estaban pagando, lo cual les quitaba un buen pedazo de esa torta esponjosa y bien gustosa llamada pensión.

Para mí era algo inaudito. O sea, que bolas (y me perdonas la decencia), viven en uno de los países con mejor calidad del mundo, ¿Y tienen el descaro de quejarse? Es obvio que deben pagar impuestos. Personalmente pienso que me daría gusto pagar dichos impuestos, más que todo por el hecho de que los ven en el día a día. Están ahí, en las calles limpias, en la comida que encuentran en los supermercados, en la seguridad que les permite dejar el carro abierto a las 3 de la mañana en el centro, y un sinfín de mejorías sociales que para poder describir es necesario vivirlas allá como habitante, no como turista, que es donde uno pierde muchísimos detalles. Sin embargo, luego comprendí lo que, en mi opinión, fue una de las lecciones más importantes del viaje. Porque yo creo que cuando uno viaja, aparte de conocer y disfrutar, uno debe aprender de lo que ve y siente en otros lugares, así como también de la gente.

El tema es que para que algo realmente funcione, uno tiene el deber y el derecho de quejarse, porque aunque todo esté bien, no siempre será perfecto y, en consecuencia, siempre habrá algo que no te guste. Ahí es cuando se debe alzar la voz y decir no (o decir sí, dependiendo del caso).

Hagamos un ejercicio mental sencillo: Imagina que eres el dueño de un sitio de hamburguesas, algo simple; todos hemos estado en uno y sabemos de qué se trata. Supongamos que eres lo suficientemente ambicioso (porque debes serlo, si quieres llegar lejos en esta vida) y tú quieres vender la mejor hamburguesa en el lugar, y por qué no, en el país. Quieres que tu hamburguesa tenga la mejor presentación, el mejor sabor, que a la vista sea perfecta, con carne de primera, queso azul, algo de mozzarella o queso de mano, salsas al gusto, tocineta, y todo lo que se te ocurra a ti, que eres el dueño de dicho local.

Ahora bien, como eres una persona ambiciosa, obviamente vas a exigirle lo mejor a tus empleados, es decir, a tus cocineros. Quieres que al momento de armarla, se vea perfecta, con su sabor indiscutible, que se te hace agua a la boca, y un aroma inigualable, que sólo es superado por la tentación de darle el primer mordisco. Perfecto, ya tienes todo; pero supón que un día te distraes y dejas de exigirle al encargado de ponerle el pan, y éste, en vista de que no hay quejas con respecto a su trabajo, si es que lo hace mal, o elogios si lo hace bien, se olvida de los altos estándares que tienes, y coloca el pan de arriba un poco torcido. Nada pasó, nadie se quejó, es sólo un pan torcido, ¿cierto?

Esta ecuación se repite una y otra vez, y llegado un punto, aumentará de forma exponencial; la calidad de tu sitio de comida rápida estará bajando aceleradamente. Y no sólo eso, sino que también tienes competencia. Como consecuencia, tu clientela deja de ir porque se pierde el estigma culinario de hamburguesa perfecta; ya no encuentran lo que buscaban en tu local, por lo tanto, irán al de dicha competencia. Finalmente, tu negocio quiebra y tienes que replantear otro modo de ganarte la vida.

Un inminente fracaso, pero, ¿qué sucedió exactamente? Creo que la respuesta ya la sabes, porque tú fuiste el cultivador del error principal: Dejaste de quejarte. Ya no exigiste, y a nadie le importó cómo saliera tu hamburguesa. A nadie le importó tus altos estándares, al menos no dentro de tu grupo de trabajo, sin embargo a tu clientela si le importó, y como consecuencia se fueron a otro sitio mejor. ¿Te suena conocido?

A esto es lo que yo denomino como “El poder de quejarse”. Si bien puede parecer estúpido, es un arma muy poderosa, cuya fuerza de poder (el poder de influenciar a alguien) es directamente proporcional a la solidez de tus argumentos. Veamos un ejemplo simple: Supongamos que tú tienes un profesor, de esos difíciles en los que te duermes en clases o simplemente no te gusta su método de enseñanza. Ahora tú, que posees un arma poderosa llamada “quejarse”, la usas: “Profesor, no me gusta el color de sus zapatos, no me puedo concentrar” o “Profesor, quítese la verruga asquerosa que tiene en la nariz”. ¿Suena convincente? No. Tus argumentos no son sólidos, y no conforme con eso, son estúpidos. Obviamente el profesor o profesora no te hará caso en lo absoluto. Tus quejas caen en el abismo del olvido. Pero ahora, si eres lo suficientemente inteligente, podrás expresarte con coherencia: “Profesor, no me gusta la forma en la que da sus clases. A lo mejor si cambia el tono de voz, y dicta el curso de una forma más didáctica, le podré entender mejor”. Mucho mejor, ¿no? Tu argumento fue convincente, y si la persona a la que va dirigida sabe escuchar, lo tomará en cuenta y no te ayudará sólo a ti, sino todas esas personas a las que decida enseñar. Aquí reside el gran poder de quejarse.

Teniendo esto en cuenta, proyectemos el tema a una mayor magnitud, a otro escalón de la pirámide: ¿Qué pasa cuando toda una ciudad deja de quejarse? ¿Logras darte una idea? Claro que sí. No debe ser muy difícil. Ahora subamos otro escalón: ¿Qué sucede si todo un país deja de quejarse? Seguro se te vienen un montón de ideas a la cabeza; yo tengo las mías, pero resumiré todo en una sola palabra: Conformismo. De seguro te suena y ya sabes lo que eso significa, y es terrible, ¿no crees…?

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Todo este tema del quejarse, hablar y hacerse escuchar es aplicable en todos los ámbitos de la vida, incluso en las relaciones de pareja. Si hay algo que no te gusta, entonces háblalo; de seguro llegarán a un mutuo acuerdo sin dejar a un lado el amor entre ambos. Esto último es algo que aprendí por las malas, pero me prometí a mí mismo que no volvería a pasar, o al menos eso intentaré con todas mis fuerzas.

Sin embargo, hay algo que también debemos entender, y es que, por más que te quejes, por más que algo no te guste, no siempre se podrá llegar a un acuerdo, porque todos somos diferentes y todos tenemos opiniones distintas. Es realmente necesario tener en cuenta esto y saberlo asimilar antes de tan siquiera abrir la boca. Además, también hay que saber cómo quejarse: No puedes ir por ahí quemando casas sólo porque algo no te guste, por más convincente y sólido que sea tú argumento…

Ahora ve y quéjate. Hazte escuchar, usa tu nueva arma. Yo no te di este poder, tú ya lo tenías en tu arsenal; yo sólo te ayudé a recordar la existencia del mismo, así como un buen libro te ayuda a pensar. Habla, di lo que sientas, pero dilo con los argumentos más fuertes posibles, los más completos. Esto es lo que el mundo necesita. El mundo te necesita a ti; sálvalo.