Medicencriss

Relatos, opiniones, y nada más.

DESPERTAR JUNTOS.

 

A veces, sólo una caricia bastaba para energizar todo su cuerpo; este fue el caso cuando puso su mano en la pierna de ella. No tan arriba como para parecer un pervertido, ni tan abajo para afirmar su noviazgo. Ella voltea, y le responde con un gentil beso en los labios, aprovechando un semáforo en rojo.

Cuando por fin llegan a su destino, y él estaciona el auto, suben hasta el apartamento que les espera. Es una noche algo fría, pero cálida para ellos dos. Una vez dentro del hogar, ella aprovecha de irse a bañar, tomando un descanso de ese día. Agua caliente cae sobre su cuerpo, y un suspiro aparece. Relajación y felicidad son las cosas que les llega a la mente, y no iba a ser menos, dado el lindo día que tuvo: Una tarde juntos y una cena de pizzas con alcachofas y otros ingredientes no tan importantes. Se enjabona, lava su cabello, exfolia su piel, deja que el agua relaje sus músculos… Todo esto en un lapso de media hora, tiempo habitual para sus duchas. Aprovecha de salir en toalla ya que no hay nadie más en el lugar; sólo él. Entra al cuarto y está ahí esperando, con toalla en mano. Al verla se levanta, abre la puerta suavemente y se dirige al baño para hacer lo mismo. Ella cierra la puerta, tumba su toalla y procede a vestirse: Unas pantaletas de color negro intenso, su respectivo mono de dormir y una blusa de algodón suave, evitando el uso de un sostén que le incomode al acostarse. Se dirige a la cama, se tumba y empieza a ver su teléfono, viendo lo que las redes sociales acostumbran a mostrar: El contenido que todo el mundo publica pero a casi nadie le interesa; sólo alguna que otra imagen de interés para ella.

Unas cuantas imágenes luego, entra él al cuarto. La ve, sonríe y cierra la puerta para continuar con su camino. Ella lo observa, porque indiscutiblemente es mucho más interesante ver su sonrisa que su teléfono. Además, aprovecha de ver su pecho, sus pectorales y su abdomen. Siempre le gustó, y él siempre lo ejercitó para que así fuera. Entonces, se quita la toalla, y, sin él percatarse, ella baja la mirada y observa su pene. Flácido, pero no pequeño, colgando entre sus piernas, depilado y con una forma curiosa e interesante para ella. Él se gira para buscar su ropa y, ella, una vez más, aprovecha de ver sus nalgas, estas un tanto más interesantes para ella que su propio pene. El paisaje termina cuando un bóxer sube por sus rodillas y cubre sus partes. Se dirige a la cama, y se acuesta con ella. Se miran. Se observan. Están cara a cara. Él le pone la mano en la espalda. Ella le acaricia el rostro. Ambos penetran la mirada del otro, como buscando algo en el universo que esconden sus pupilas. Encontrándose el uno al otro. Las caricias de él se meten debajo de la blusa, tocando su espalda desnuda y generando una sensación bastante relajante. Las miradas los lleva a acercarse y juntar sus labios, pero sin hacer presión. No es cualquier beso, es un roce de labios que les generan un cosquilleo a ambos, bastante romántico, bastante sutil. Entre roces, besos pequeños, caricias y miradas. Sus cuerpos se tocan, y sus almas se juntan. Una leve separación basta para que ambos respiren cómodamente, y proceden a dormirse, en esa misma posición. Abrazados. Amándose.

Entra la luz por la ventana, la temperatura aumenta ligeramente, el sueño se agota: Ya es de día. Él se levanta, camina hacia el baño y empieza a cepillar sus dientes. Ella, al sentir la ausencia intranquilizante de su amado, se despierta. Percatándose de la puerta abierta, se pone de pie y dirige su soñoliento cuerpo hacia el baño, esperando verlo ahí. Comparten un “Buenos días, mi amor” al encontrarse en el baño, y una vez terminada la faena de él, ella empieza a cepillarse los dientes también. Él le abre espacio en el lavamanos, pasando por detrás de ella. Ella, junta la pasta en el cepillo y comienza la labor, cuando de repente siente una presión en su cintura, y un repentino bulto entre sus nalgas. Acto seguido unas manos se deslizan por debajo de su blusa, suben y aprietan sus senos de forma circular. Todo esto le hace sentir un cosquilleo electrizante en el cuerpo, pero ella responde con un empujón; tal vez por lo repentino. Él la ve, sonríe, y la suelta. Le da un beso en el lóbulo de la oreja izquierda y se dirige al cuarto, dejándola en el baño hasta que termine de lavarse los dientes.

Unos cuantos pasos bastan para llegar a la habitación de nuevo. Abre la puerta y ahí está él, esperándola. La toma de las manos, la aparta de la puerta y la cierra. Con un movimiento ligeramente brusco, la apoya contra la pared. Ella siente el bulto de nuevo entre sus nalgas, esta vez más duro, más grande. Y, a su vez, una mano que se desliza rápida mente entre sus piernas, tocando sus muslos interiores, pero ralentiza su paso a medida que sube. Siente unos dedos entre sus labios vaginales. Toda la situación la pone nerviosa, pero excitada. El cosquilleo de esos dedos y lo electrizante de ese bulto, hace que su cuerpo se caliente rápidamente. Cuando ella parece tener el control, se voltea para decir algo, pero en ese justo momento unos labios tapan su boca. Él la besa, presiona sus labios, mete su lengua en su boca y empieza a recorrerla toda. Ahora el cosquilleo está en todo su cuerpo, y el control se pierde poco a poco. Se moja.

Los movimientos continúan, hasta que él se detiene y la suelta. Ella, desconcertada lo mira a los ojos, a lo que este sonríe y le dice: “Quiero que hagamos algo distinto”, a lo que él le quita el mono suavemente, acaricia sus piernas y la conduce hacia la cama. Él en bóxer, ella en pantaletas y su blusa.

Primero se acuesta él, abre las piernas, y entre ellas se reposa ella, de espaldas. Entonces, él le explica: “Quiero que conozcamos nuestros cuerpos, con caricias”. Una mano se posa en la pierna derecha de ella, y la otra en su rostro, dirigiéndola a los labios de él, para caer en un profundo y pasional beso. Ella le acaricia la mejilla, mientras que la mano de él empieza a subir desde su rodilla, con la punta de los dedos, hasta el borde de su pantaleta, pero sin tocar su vagina. Repite el proceso tres veces más, luego retira la mano, para colocar las dos debajo de su blusa. Sube lentamente por su abdomen, acaricia la parte baja de sus senos y, cuando llega a sus pezones, los toma y los empieza a masajear suavemente en movimientos circulares. Esto la excita, realizando un movimiento inconsciente de abrir las piernas, además de mojarse un poco más. Los besos comienzan a tomar fuerza. Ella, en búsqueda del placer mutuo, desliza su mano por su espalda, buscando su bóxer, hasta que por fin lo encuentra: Una erección dura, caliente, que no cabe en su mano. Empieza a masajear también, percatándose que la punta del pene está un poco mojada. Esto la excita más aún. Él, aprovechándose de la situación, baja una de sus manos, y empieza una especie de juego para torturarle los sentidos: Con la punta de sus dedos empieza a deslizarse, baja por su abdomen, pasa por su entrepierna, rozando sus labios vaginales, pero sigue moviéndose hasta sus piernas, para luego subir y repetir el proceso, intercalando entre su muslo derecho y el izquierdo. Tanto roce y jugueteo hace que empiecen a sentirse pequeños gemidos entre los besos. Ella quiere sentir su pene, su excitación, sus gemidos. Entonces, intenta sacarlo, pero cuando está a punto de hacerlo, siente que un dedo se afinca en su vagina, abriéndose camino entre sus labios y haciendo contacto con su clítoris. Ella gime. No lo resiste. Sus labios se despegan y cierra los ojos involuntariamente. Él, al ver su reacción y al notar que está tan mojada que traspasa la prenda de color negro, sube la mano y se abre camino a través de ella. Ahora, desliza dos de sus dedos, atrapando su clítoris entre ellos y sintiendo toda su humedad. Movimientos de arriba hacia abajo son acompañados de gemidos y besos fugaces.

Una mano en su vagina, húmeda y caliente, como un volcán en erupción. Otra jugando con su senos, firmes y con los pezones duros. Ella, como puede, introduce la mano en el bóxer, encierra con sus dedos el pene y lo masajea de arriba hacia abajo. Un gemido incontenible sale de la boca de él, lo que hace que ella enloquezca lentamente de excitación. Los dedos jugando con su clítoris aumentan el ritmo. Un gemido fuerte sale de su boca. Las piernas le empiezan a temblar y no puede seguir agarrando su miembro. Con una mano, le clava las uñas en la rodilla de él; y con la otra, se toma de las sábanas, como si estuviese a punto de despegar del placer. Otro gemido. Él no se detiene. Movimientos pélvicos acompañan la danza entre sus dedos. Otro gemido. Se moja aún más. Él le besa el cuello y le lame la oreja. Otro gemido, más fuerte, más profundo. Sus piernas le empiezan a temblar. Un suspiro. Un intenso orgasmo.

Deja que ella se recupere, dándole besos tiernos en el cachete. Pero ella sabe que aún no termina. Sabe que falta él. Sabe que lo mejor está por venir.

Insomnio.

Insomnio Era tarde, de noche, cuando las horas no se sienten y el silencio estremece la tranquilidad que debería brindar. Un frío intenso entra por la habitación, recorriendo cada rincón de la mism…

Origen: Insomnio.

Pesadilla.

Parte 1Insomnio.


 

Andrés se levanta. Gotas de sudor caen de la frente y el cuerpo. Rápidamente palpa sus labios con su propia lengua: Están intactos y no hay sabor a sangre. Todo fue una pesadilla. Habrá sido el alcohol, la fiesta de la noche anterior, la resaca tal vez.

La maldad del mundo puede perpetrarse a través de muchas formas; para la suerte del joven, ésta fue sólo en un sueño, un producto de su mente, pero ¿por qué ese acontecimiento tan extraño? Indagó en su mente tratando de hallar una posible causa, como si de un psicoanalista se tratase.

En medio de la búsqueda mental, levanta la cabeza y nota que no percibe nada, sólo oscuridad. ¿Las luces apagadas? ¿Un bajón de energía? Y, además, ¿de dónde provenía ese olor extraño? Era como maloliente y húmedo, como un pantano de animales muertos. A medida que los sentidos se activaban, poco a poco se percataba de lo extraño del lugar. El gusto, la vista, el olfato, el oído, y, finalmente, el tacto. Es entonces cuando empieza a mover los dedos de sus pies, y luego intenta flexionar sus rodillas, cosa que, por alguna razón no logra realizar, algo estaba limitando su movimiento. «Inténtalo de nuevo» se dijo a sí mismo, para fallar una vez más. Hizo lo mismo con sus brazos, que, aunque pudiera moverlos hacia los lados, era incapaz de levantarlos. Andrés empieza a sentirse ansioso, la situación se torna tensa, ¿otro sueño? ¿Qué estará pasando? ¿Alguna broma pesada?

Unos pasos suenan a lo lejos, o al menos ese fue el hecho al que asoció con aquel sonido. De ser así, son pisadas muy fuertes, muy pesadas, y una de ellas pareció haber tocado algo húmedo.

Una gota. Algo está cayendo al suelo, muy cerca de él. Dos gotas.

– ¿Qué será?- Se pregunta el joven.

Tres gotas. Empieza a mover los dedos de las manos con la esperanza de hallar el porqué del goteo. Algo anda mal. No siente los dedos de su mano izquierda. El pánico poco a poco se apodera de su mente, como estar en una piscina de 5 metros vacía, y sentir que la llenen hasta hundirte en una espiral de desesperación. Intenta mover la muñeca, para confirmar que tampoco puede sentir la extremidad completa. Era como si no estuviese. ¿Será algún efecto del alcohol? No era normal. Y las gotas seguían cayendo, una a otra…

Escucha pisadas. Una. Dos. Tres. Se acerca. Al fondo percibe una luz muy débil. Aprovecha la oportunidad para analizar el lugar, cuyas paredes estaban desgastadas y tenían unas manchas de color oscuro y profundo. Entonces piensa en voltear la mirada para ver qué ocurría con su mano, si algo le cortaba la circulación o si había otra razón para no sentirla. Los párpados se ensanchan. Las pupilas se dilatan. Un baño de sudor frío impregna su frente. El miedo lo paraliza, y un nudo en la garganta le genera unas fuertes náuseas. Estaba a punto de colapsar por lo que sus ojos percibían, y, lo que es peor, lo que su tacto también percató, aunque la mente del joven no quisiera aceptar: Su mano no estaba.

Una venda cubría lo que debía ser una cortada.

– ¿Qué clase de pesadilla horrible es esta?

Otra luz se enciende, y, al fondo, puede ver a un hombre enorme, obeso, de apariencia espantosa, portando una ropa desaliñada y un delantal de un color blanco amarillento, con unas manchas parecidas a las de la pared. Aquel ser extraño, se acercó lentamente hacia una mesa, con pasos desalentadores, como si los pies estuviesen a punto de renunciar a su trabajo. Andrés no podía percatar qué había exactamente en la mesa, pero si notó como levantó algo con las manos y se lo llevó a la boca. Empezó a morder. Sus dientes estiraron una porción de ese “algo” elástico y sumamente resistente, hasta que cedió, cortando un trozo y masticándolo lentamente. Una gota. Dos gotas. Tres gotas. La mirada queda fija en aquel raro espectáculo, hasta que los ojos se acostumbran a la luz opaca y la distancia, para notar que la boca del individuo estaba llena de sangre, y lo que portaba parecía un trozo de carne. Una gota. Dos gotas. Tres gotas. Cuatro gotas. No. No es cualquier trozo de carne. Era su mano izquierda la que estaba despellejando con cada mordida, saboreando la piel y sangre mientras intentaba dejar sin carne a los propios huesos de sus dedos. Para Andrés, su pesadilla apenas acababa de empezar.

goya

 

 

NO ESTÁS SOLO.

Hola. El siguiente relato corresponde a mi participación en el concurso de la web sttorybox.com. Este post lo iré actualizando según avance en el concurso, dado que es por rondas: En cada ronda, si pasas, te permiten agregar una nueva parte en tu escrito; en caso contrario, quedas descalificado y no podras seguir. Si te gusta lo que lees, puedes votar por mi entrando con tu cuenta de Facebook en el siguiente link: http://www.sttorybox.com/stories/7431-no-estas-solo
Sin más que decir, vete leyendo.


NO ESTÁS SOLO.

Parte 1.

Nunca había dejado que la oscuridad me agobiara tanto dentro de mi propio hogar, pero la soledad era un factor que desgraciadamente no podía controlar.
Cerré ventanas para que el frío no interrumpiera mi sueño, que bastante tenía para lidiar con mi maldito insomnio. Fui de habitación en habitación apagando las luces, ya dispuesto a tumbarme en mi cama. Conecté mi celular al cargador, en la mesa de noche justo al lado de mi cama. Me acosté, me arropé y me dispuse a dormir, pero en un intento fallido de cerrar los ojos, escuché un ruido extraño en la sala. No era algo para asustarme, puesto que siempre escucho cosas aquí, incluso antes del funeral de mis padres, sin embargo la agobiante noche hacía que todo fuese más incómodo. De pronto, mi puerta se abre lentamente y una persona pequeña con atuendo extraño se aparece. Me asusto inmediatamente y supongo que se proyectó en mis ojos dicho miedo, porque aquel extraño ente sonrió de una manera muy pícara y juguetona.
―Tantas cosas horribles y aterradoras que hay en este mundo, y en el otro, ¿y tú te asustas con mi presencia? Ja, divertido.


Parte 2.

―¿Qué haces? Esconderte en las sábanas no te servirá de nada. Eso sería como taparte de la lluvia con el dedo índice. Mírame a los ojos.―
Me desprendo de mi manto protector lentamente a petición de la criatura, un tanto por convicción propia y otro por seguir una orden, como si una fuerza externa me obligase a hacerlo.
―¿Qué eres?― Le pregunto al extraño ente, que cada vez se me hacía más horrible.
―Pregunta incorrecta. La respuesta tú ya la sabes.―
―E-eres un… ¿Un duende?―
―Duende, momoy, el nombre que me quieras dar― me responde al tiempo que suelta una sonrisa macabra.
―¿Qué quieres de mi?―pregunto, mientras me cubro hasta el cuello como si de un escudo se tratase.
―¿Qué quiero de ti? Ja, humanos. Siempre se hacen los interesantes cuando, honestamente, son sólo víctimas de su propia ignorancia. Yo de ti no quiero nada; pregunta incorrecta.
―¿Qué haces aquí?
―Pregunta incorrecta, de nuevo. En este caso, la duda sería qué haces tú aquí. Yo llevo viviendo en este lugar mucho antes de que ésta y otras casas se levantaran. Mucho antes de que tu alma vagara por «este» mundo.
―¿Eso quiere decir, entonces, que llevas todo este tiempo viviendo aquí? ¿Me has estado observando?― mi curiosidad aumenta con cada segundo que el duende me habla, todo es muy confuso ahora mismo.
―Sí y no. He vivido aquí contigo, también allá y un poco más acá. Y no te he estado observando, al menos no tanto como tú crees; sólo lo suficiente como para conocerte y predecir tus movimientos, lo cual no es muy difícil.
―¿Y por qué me observas? ¿Por qué a mi?
―Oh, pero si ya te estás acercando, ¿cuántas preguntas te tomaron? ¿5? ¿6? Ja, pero, una vez más, esta también es la incorrecta. Además, no te creas especial, no lo eres para mi, «pequeño ingenuo».― dice el duende, soltando una gran sonrisa burlona.
―¿Y se supone que debo preguntarte algo?―ya me empieza a incomodar la insolencia de sus palabras, además de desesperarme un poco toda esta situación―a ver, si has estado aquí todo este tiempo, ¿cómo es que nunca te he visto?
―Jaja, ¿ves como eres de ingenuo? Tienes mucho que aprender, pero tranquilo, para eso estoy. Nosotros los duendes, tu miedo, tenemos ciertas, digamos… Habilidades: Podemos escondernos de los ojos ciegos, de los que no saben como mirar más allá, de los que se niegan a observar con el alma. Así pues, podemos escondernos de los «ingenuos».
Tras escuchar esas palabras, me molesto más aun, tanto como si una energía emergiera de mi, producto tal vez de mi cólera.
―¿Y por qué dejaste de esconderte? ¿Por qué esta noche? ¿Por qué a mi?― acto seguido, percibo como pierdo la sensibilidad de mis manos, como si no las tuviese, como si flotaran.
―Esa, mi pequeño amigo, esa es la pregunta correcta.―alza la mirada a la vez que sonríe.
―¿Y me la vas a responder o no?―
―Humanos, siempre tan impacientes, ja. Si supieran que la ausencia de tal don y el exceso de codicia significa la perdición para muchos de ustedes; y que forma tan patética de perderse en este mundo. Bien, estimado vecino nocturno, dulce víctima del insomnio, criatura de futuro incierto, la verdad es que estoy aquí para ayudarte. Más aun, estoy aquí para responderte una pregunta, que, como verás, no has podido encontrar, sólo quería que te dieras cuenta de la situación, y jugar contigo un rato, por qué no.―sonríe― Cuando lo hagas, me iré de tu vida tal vez para siempre, pero hasta tanto, me quedaré para ofrecerte mi ayuda, y vaya que la necesitarás…―
No entendía nada de lo que sucedía, nada de lo que decía, nada de lo que me explicaba. Mientras él más hablaba, yo más perdido me sentía. «¿Será esa la perdición de la que él habla? Tal vez esté dormido, tal vez sea un sueño, tal vez..»
―No estás dormido. Mañana recordarás todo esto, y más te vale recordar cada palabra que te digo.―me dice el duende, como si respondiera a las preguntas que me hago en la mente―No te sorprendas, ya te lo dije, te conozco lo suficiente como para predecir tus movimientos, y lo que piensas. Ahora di tus últimas palabras de la noche, yo estoy apunto de irme.
―Si estás aquí para ayudarme, si te muestras ante mi y, además, entablas una conversación conmigo, ¿significa que soy especial? ¿cuál será mi futuro a partir de ahora?
―¿Tengo que repetirte tanto las cosas? Necios. No eres especial, al menos no para mi. Estoy aquí porque estoy siguiendo órdenes. Y antes de que preguntes: Sí, alguien me envió; pronto lo conocerás. Y con respecto a tu futuro, eso es algo que sólo tú podrás determinar. No me preguntes eso, no seas «ingenuo». Escucha bien mis palabras, yo ya te di mi consejo: Ten paciencia.―
«¿Alguien lo envió? ¿Quién? Supongo que no me queda de otra más que esperar. Paciencia, claro está.»
―Bien, ya me voy, pequeño ingenuo. Disfruta tu insomnio―dice, mientras que se voltea y la puerta se empieza a cerrar.
―¡Espera!―grito rápidamente― ¿Cómo te llamas?
―Ja, pregunta interesante. Eres el primero que lo hace, y en su primera vez. Puedes llamarme Akhitobe.― me responde, al tiempo que veo una enorme sonrisa en el perfil de su esperpéntico rosto.

Diario de un licántropo.

La siguiente información fue extraída de un diario encontrado en los bosques montañosos de los Andes Venezolanos. No se ha cambiado el contenido del mismo, y aun no se determina la fecha de origen, sin embargo, se estima que tiene menos de 30 años de antigüedad. Lo que está a punto de leer es real; tome sus precauciones como lector.

18:00- Empieza a caer el sol. El momento de regresar a casa está llegando, la hora de la cena se aproxima y luego, irse a dormir. O al menos eso haría si fuese una persona normal.

18:15- Que imbécil soy. ¿Una persona normal? Creo que ni siquiera me puedo considerar “persona” y mucho menos entrar en los estándares de normalidad. Hace mucho que me perdí en el rumbo, ahora vago solo en un destino incierto, cuyo final espero con ansias: La muerte.

18:25- La noche se asoma. Mi hermosa oscuridad se aproxima. Aún maldigo aquella tarde de Mayo en la que se nos ocurrió salir al bosque en busca de aventuras; típico capricho infantil originado por la monotonía y el aburrimiento, pero, ¿cómo podríamos saber lo que estábamos a punto de vivir? Éramos tan sólo unos niños. Ahora ellos descansan en paz y yo sigo aquí, en mi propio infierno en la tierra.

18:35- Recordar ese día me pone de malas, pero también me distrae la mente. Además, es imposible olvidarlo todo.

Éramos tres: Alfredo, un niño curioso que vivía a unos metros de mi casa, en aquel pueblo olvidado entre las montañas, cabello castaño, crespo, no muy alto, algo astuto y no sentía miedo por los animales. Y Caribay, la preciosa niña hija del cafetero, que además preparaba los mejores sancochos del lugar; llamada así por la historia de una indígena que personalmente ya olvidé.

Ella era tan linda, con sus ojos profundos, como la noche misma, y para ese entonces me parecía lo más hermoso en el mundo. Su cabello era largo y de textura muy suave. Si una bruja quisiera recuperar su belleza perdida con los años y las maldiciones, seguramente querría la de esa niña. Y lastimosamente, así fue…

El bosque era profundo. Caminamos un montón, mientras el sol caía entre las hojas de los altos pinos y nos distraíamos con la vista a lo lejos. De pronto, Alfredo divisa una casa al fondo de un pequeño pasaje. Entramos. No debimos entrar. Todo pasó muy rápido. No hay que confiarse de la amabilidad de los extraños, ya nos lo habían dicho, pero no hicimos caso. Ella nos ofreció comida, cuyo sabor era peculiar: Sabía delicioso al principio, pero cuando terminabas de comer, parecía que habías comido algo en descomposición, y el sabor quedó en mi paladar por el resto de ese día. Luego nos hizo entrar en un cuarto extraño, y la pesadilla comenzó.

En ese entonces no lo sabía, pero con los años he aprendido un montón de cosas y ahora lo sé: Era una bruja maldita. Su alma estaba destinada a deambular por el mundo, anclada en la infinidad del limbo. Quién sabe qué habría hecho, pero ya no tenía salvación; supongo que por eso no le importó lo que hizo. A Alfredo le arrancó un trozo del cuello con las uñas deterioradas y afiladas. Se lo desgarró hasta que dejó de respirar, y luego dejó que la sangre cayera en una olla de cobre. Yo estaba aterrorizado, y cuando volteé a ver a Cari, también lo estaba y con lágrimas en los ojos, así que le agarré la mano. Fue inútil. Yo caí hacia atrás de forma violenta por alguna fuerza sobre natural. Luego ella…

La bruja la mató. Pero no sólo eso, la consumió. Es un espectáculo horrible que difícilmente se puede describir, sin embargo, era como si le quemaran el alma mientras se le desgarra la piel, como si alguien la aruñase para llegar a lo profundo de su ser. Mis oídos aun retumban por los gritos de aquella preciosa niña.

La fiesta no terminó ahí. Cuando cesó el dolor y escuché su último respiro, la bruja volteó a verme, y lo que vi no fue más que la cosa más aterrorizante que alguien se pueda imaginar. Sus ojos ya no eran humanos, estaban consumidos por el odio. Mi destino fue algo peor que el de mis dos amigos muertos. A mí no me mató ni me consumió, me maldijo de por vida. Una maldición de ese tipo condena la vida tanto del que la recibe como el que la envía, pero a ella al parecer ya no le importaba. No iba a ser más, su alma ya estaba condenada.

La noche, que antes me pareció hermosa, ahora es mi enemiga. El odio me consume y, llegado un punto, dejo de ser yo quien domina mi cuerpo. Me convierto en algo horrible. Jamás he visto lo que soy en ese estado, pero he presenciado a mis víctimas, y es más que suficiente.

20:55- Hay un pequeño duende detrás de un árbol. Me mira y percibo miedo en sus ojos. Sabe lo que está a punto de suceder, en lo que me voy a convertir.

21:05 Quiero matar a alguien.

21:25- No quiero hacerle daño a nadie, por eso vengo al bosque. Aquí no hay gente a la que despedazar. He visto como quedan cuando me despierto en la mañana. He visto como alguien o algo les arrancó la cabeza. Los brazos. Las piernas. He encontrado gente a la que le faltan partes, y a la vez he sentido un asqueroso sabor a sangre en mi lengua, sin mencionar el tinte rojo en mis prendas.

21:45- Con el pasar del tiempo he leído muchos libros, además de mis propias experiencias, y poco a poco entendí cuestiones acerca de brujería, maldiciones y paganismo, todo con la intención de encontrar alguna “cura”, sin mencionar que también puedo ver cosas que los demás no suelen ver, como duendes y apariciones. Tal vez éstos se muestren ante mí por mi condición, por mi alma impura.

También me hice amigo de la noche. Amigo y enemigos. Como una relación de amor y odio. Coraje y miedo. Tranquilidad y cólera. Aprendí a ver las horas según la ubicación de la luna y las estrellas, y determiné el punto casi exacto en el que pierdo mi conciencia. Puedo decir que me quedan no más de dos horas antes de que la pesadilla real empiece.

22:15- La gente normal me ve con ojos normales. La gente cuya alma está maldita o poseída, me mira con rabia. Algunas brujas me miran con una sonrisa morbosa. Una vez vi a un granjero cuya mirada fue extraña, como relajada y penetrante a la vez, como si supiera lo que en verdad soy pero no sentía ni miedo ni rabia ni lo consideraba algo divertido. Creo que él era un brujo, pero de los que trabajan con magia negra y demonios mismos, de los más peligrosos que hay.

No existen muchos brujos por acá. Dicen que son más fuertes y sabios, y cuya edad es incalculable. Podrían tener 20 o 100 años, y nadie podría notar la diferencia.

22:45- Escuché un ruido extraño seguido de una risa juguetona. Debe ser el duende, seguro le parezco divertido con toda mi situación.

23:20- Ya está a punto de suceder. Puedo sentirlo. Siento las ansias, el dolor, el odio, el cólera y puedo escuchar ligeramente los gritos de mis víctimas en mi cabeza.


23:55- Tengo hambre. Maldigo todo. Odio al mundo. Odio la gente. Odio mi vida y mi alma. Si existe un Dios por ahí, también lo odio. Quiero matar a alguien. Quiero romperle los huesos con mis propias manos y arrancarle la piel con mis dientes. Quiero destrozar sus tejidos, oír sus gritos de dolor, que me vea a lo profundo de mis ojos y el miedo consuma su mente desde adentro. Quiero…



El siguiente dibujo es un boceto basado en una ilustración hallada unas páginas más adelante en el mismo diario. Cabe destacar que el original tenía rasgaduras y manchas de sangre seca en gran parte de la hoja. 

licántropo

Autor del dibujo: Ender Sátiva.

Insomnio.

Insomnio


Era tarde, de noche, cuando las horas no se sienten y el silencio estremece la tranquilidad que debería brindar. Un frío intenso entra por la habitación, recorriendo cada rincón de la misma, y con esto, cada centímetro de piel de Andrés.

Andrés era un hombre de 23 años, cuya vida era completamente normal para alguien de su edad: Salía a fiestas, conocidos por montones, amigos contados con una mano, de actitud socialmente aceptable, universitario, con una visión clara al futuro, y, lo que es más importante, compartía los mismos miedos y temores que la mayoría.

Andrés se levanta de su cama a causa del frío y del silencio abrumador que hay en su apartamento, lo que ocasiona unas inmensas ganas de ir al baño a la pobre alma padeciente de insomnio. Se levanta, busca sus sandalias con los pies y se abre camino hasta el baño. El pasillo hasta el sitio lo incomoda, porque, a pesar de ser su apartamento y vivir con su familia, no había nadie allí.

-Debieron salir a cenar -Pensó Andrés, sin darle mucha importancia al hecho de que no lo invitaran, puesto que fue él quien salió de su hogar hace dos días de parranda y no había dormido del todo bien.

Una vez hecho lo que tenía que hacer, se mira al espejo, como buscando la respuesta a su insomnio que obviamente no iba a encontrar. Un rostro cansado, con piel reseca y ojeras enormes es lo que consigue ver en su reflejo. Luego de esto, las inevitables ganas de ir al baño le provocan una sed inmensa y repentina, lo que obliga a Andrés a dirigirse a la nevera en busca de algo que tomar. Una vez más, se extraña del vacío que hay en el apartamento, y además de eso, de la oscuridad atrapante que hay desde el pasillo hasta la cocina, lo cual no es normal puesto que siempre están encendidas las luces.

-Las debieron apagar cuando salieron- Pensó nuevamente.

Retomando su búsqueda por algo de agua, fue prendiendo alguna que otra luz que lo guiaran hasta la jarra de agua que se encontraba en la pared de la nevera. Se sirve un vaso y bebe. Siente como el líquido baña lentamente su boca, y torpemente, moja sus labios también; pero algo extraño sucede: No puede tragar.

Aquel fluído, que debería ser simple agua, no puede pasar más allá de su garganta; es espeso, y poco a poco empieza a impregnar su paladar de un leve sabor a hierro. Es ahí cuando, con un poco de temor a lo que encontrase, Andrés observa el vaso de vidrio. Su miedo incrementa notablemente. La incomodidad que le causa lo que está viendo, hace que su cuerpo se ponga algo tenso y le erizen los pelos de la piel: En el recipiente no hay agua, hay sangre. Y no conforme con eso, el vidrio está roto; tiene grietas en la punta, con filo suficiente para destrozar, cortar y atravesar su piel. Temblando, sube la mano lentamente hasta su boca, sólo para confirmar lo que en los rincones más aterradores de su mente había sospechado: Tiene la boca desgarrada. Un trozo de labio le cuelga por el costado derecho de su quijada, con la piel bañada en sangre, gota a gota impregnando el piso de madera que está bajo sus pies.

La mente del jovén no puede aceptar todo lo que está viendo y sintiendo. Poco a poco se estremece del dolor en su boca y del miedo que le ocasiona la situación. Se siente paralizado, con los músculos tensos, la piel erizada y una gota de sudor frío que cae lentamente por el lado izquierdo de su frente; está a punto de colapsar. Es entonces cuando siente que el suelo se mueve en ondas, compórtandose como pequeñas olas en el mar que lentamente aumentan su tamaño y le hacen perder el equilibrio. Andrés mueve un pie hacia delante para recobrar la posición antes de caerse, pero se resbala con la sangre que cayó de su boca, antes de bañar también sus pies de aquel líquido espeso proveniente de su cuerpo. Cae hacia atrás bruscamente, pega la cabeza contra el tope de mármol de la cocina y escucha un ligero “crack” antes de caer desmayado en el suelo.


Parte 2: Pesadilla.

El poder de quejarse.

EL PODER DE QUEJARSE

Recuerdo que ya hace un tiempo tuve la oportunidad de viajar a Noruega. Es un país hermoso cuya definición principal que estoy a punto de dar, puede parecer normal bajo cualquier punto de vista, pero no para nuestro contexto patriótico-bolivariano: Es un país donde todo funciona. La gente sigue las normas. Los peatones cruzan el paso peatonal y los conductores lo respetan. El movimiento de trámites es eficaz y no está sometido a un sistema burocrático. Los niveles de inseguridad son bajísimos por no decir nulos. La relación precio-sueldo es verdaderamente justa. La variedad de productos no es mucha puesto que es un país que se acostumbró a consumir lo que producen, sin embargo, no existe escasez de nada. El sistema de transporte público es eficiente e incluso daba gusto usarlo. Y así en una lista lo suficientemente larga como para no escribirla aquí…

Era una tarea casi imposible para mí asimilar y digerir todo esto sin tener la boca abierta del asombro, anhelando cada detalle a mi alrededor, sobretodo porque quería ver a mi país de la misma manera. Y la gente no era para menos; la mayoría son amables, algunos no te hablan mucho pero era por una cuestión de timidez (tal vez en la capital, Oslo, sean más abiertos, sin embargo no en Fredrikstad, que era donde me encontraba). Y para quienes se lo pregunten, el idioma nativo allá es el noruego, y no, no sé hablar noruego. El sistema de educación allá es lo suficientemente calificado como para que les enseñen Inglés (lo cual es necesario, porque nadie más aparte de ellos habla ese raro idioma), pero no un inglés básico y mediocre como el de aquí; les enseñan el idioma de tal manera que pueden tener una conversación con cualquier persona en el mundo que también lo domine, aunque he de admitir que algunos tienen una pronunciación bastante torpe (incluso más que la mía).

A pesar de todo esto, hubo algo que me sorprendió incluso más, algo que para mí, fue la gota que derramó el vaso. No fue algún avance tecnológico, que por cierto eran muchísimos; un orgasmo visual para este geek que se sorprende con mucha facilidad. No fue algún gesto de amabilidad de parte de alguien. Ni tampoco el hecho de que la gente se detuviera en la luz amarilla del semáforo (si, así de raros son…). De hecho, lo que me asombró tantísimo fue enterarme de dos hombres mayores (viejos verdes, digamos) que se quejaban de la cantidad de impuestos que estaban pagando, lo cual les quitaba un buen pedazo de esa torta esponjosa y bien gustosa llamada pensión.

Para mí era algo inaudito. O sea, que bolas (y me perdonas la decencia), viven en uno de los países con mejor calidad del mundo, ¿Y tienen el descaro de quejarse? Es obvio que deben pagar impuestos. Personalmente pienso que me daría gusto pagar dichos impuestos, más que todo por el hecho de que los ven en el día a día. Están ahí, en las calles limpias, en la comida que encuentran en los supermercados, en la seguridad que les permite dejar el carro abierto a las 3 de la mañana en el centro, y un sinfín de mejorías sociales que para poder describir es necesario vivirlas allá como habitante, no como turista, que es donde uno pierde muchísimos detalles. Sin embargo, luego comprendí lo que, en mi opinión, fue una de las lecciones más importantes del viaje. Porque yo creo que cuando uno viaja, aparte de conocer y disfrutar, uno debe aprender de lo que ve y siente en otros lugares, así como también de la gente.

El tema es que para que algo realmente funcione, uno tiene el deber y el derecho de quejarse, porque aunque todo esté bien, no siempre será perfecto y, en consecuencia, siempre habrá algo que no te guste. Ahí es cuando se debe alzar la voz y decir no (o decir sí, dependiendo del caso).

Hagamos un ejercicio mental sencillo: Imagina que eres el dueño de un sitio de hamburguesas, algo simple; todos hemos estado en uno y sabemos de qué se trata. Supongamos que eres lo suficientemente ambicioso (porque debes serlo, si quieres llegar lejos en esta vida) y tú quieres vender la mejor hamburguesa en el lugar, y por qué no, en el país. Quieres que tu hamburguesa tenga la mejor presentación, el mejor sabor, que a la vista sea perfecta, con carne de primera, queso azul, algo de mozzarella o queso de mano, salsas al gusto, tocineta, y todo lo que se te ocurra a ti, que eres el dueño de dicho local.

Ahora bien, como eres una persona ambiciosa, obviamente vas a exigirle lo mejor a tus empleados, es decir, a tus cocineros. Quieres que al momento de armarla, se vea perfecta, con su sabor indiscutible, que se te hace agua a la boca, y un aroma inigualable, que sólo es superado por la tentación de darle el primer mordisco. Perfecto, ya tienes todo; pero supón que un día te distraes y dejas de exigirle al encargado de ponerle el pan, y éste, en vista de que no hay quejas con respecto a su trabajo, si es que lo hace mal, o elogios si lo hace bien, se olvida de los altos estándares que tienes, y coloca el pan de arriba un poco torcido. Nada pasó, nadie se quejó, es sólo un pan torcido, ¿cierto?

Esta ecuación se repite una y otra vez, y llegado un punto, aumentará de forma exponencial; la calidad de tu sitio de comida rápida estará bajando aceleradamente. Y no sólo eso, sino que también tienes competencia. Como consecuencia, tu clientela deja de ir porque se pierde el estigma culinario de hamburguesa perfecta; ya no encuentran lo que buscaban en tu local, por lo tanto, irán al de dicha competencia. Finalmente, tu negocio quiebra y tienes que replantear otro modo de ganarte la vida.

Un inminente fracaso, pero, ¿qué sucedió exactamente? Creo que la respuesta ya la sabes, porque tú fuiste el cultivador del error principal: Dejaste de quejarte. Ya no exigiste, y a nadie le importó cómo saliera tu hamburguesa. A nadie le importó tus altos estándares, al menos no dentro de tu grupo de trabajo, sin embargo a tu clientela si le importó, y como consecuencia se fueron a otro sitio mejor. ¿Te suena conocido?

A esto es lo que yo denomino como “El poder de quejarse”. Si bien puede parecer estúpido, es un arma muy poderosa, cuya fuerza de poder (el poder de influenciar a alguien) es directamente proporcional a la solidez de tus argumentos. Veamos un ejemplo simple: Supongamos que tú tienes un profesor, de esos difíciles en los que te duermes en clases o simplemente no te gusta su método de enseñanza. Ahora tú, que posees un arma poderosa llamada “quejarse”, la usas: “Profesor, no me gusta el color de sus zapatos, no me puedo concentrar” o “Profesor, quítese la verruga asquerosa que tiene en la nariz”. ¿Suena convincente? No. Tus argumentos no son sólidos, y no conforme con eso, son estúpidos. Obviamente el profesor o profesora no te hará caso en lo absoluto. Tus quejas caen en el abismo del olvido. Pero ahora, si eres lo suficientemente inteligente, podrás expresarte con coherencia: “Profesor, no me gusta la forma en la que da sus clases. A lo mejor si cambia el tono de voz, y dicta el curso de una forma más didáctica, le podré entender mejor”. Mucho mejor, ¿no? Tu argumento fue convincente, y si la persona a la que va dirigida sabe escuchar, lo tomará en cuenta y no te ayudará sólo a ti, sino todas esas personas a las que decida enseñar. Aquí reside el gran poder de quejarse.

Teniendo esto en cuenta, proyectemos el tema a una mayor magnitud, a otro escalón de la pirámide: ¿Qué pasa cuando toda una ciudad deja de quejarse? ¿Logras darte una idea? Claro que sí. No debe ser muy difícil. Ahora subamos otro escalón: ¿Qué sucede si todo un país deja de quejarse? Seguro se te vienen un montón de ideas a la cabeza; yo tengo las mías, pero resumiré todo en una sola palabra: Conformismo. De seguro te suena y ya sabes lo que eso significa, y es terrible, ¿no crees…?

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Todo este tema del quejarse, hablar y hacerse escuchar es aplicable en todos los ámbitos de la vida, incluso en las relaciones de pareja. Si hay algo que no te gusta, entonces háblalo; de seguro llegarán a un mutuo acuerdo sin dejar a un lado el amor entre ambos. Esto último es algo que aprendí por las malas, pero me prometí a mí mismo que no volvería a pasar, o al menos eso intentaré con todas mis fuerzas.

Sin embargo, hay algo que también debemos entender, y es que, por más que te quejes, por más que algo no te guste, no siempre se podrá llegar a un acuerdo, porque todos somos diferentes y todos tenemos opiniones distintas. Es realmente necesario tener en cuenta esto y saberlo asimilar antes de tan siquiera abrir la boca. Además, también hay que saber cómo quejarse: No puedes ir por ahí quemando casas sólo porque algo no te guste, por más convincente y sólido que sea tú argumento…

Ahora ve y quéjate. Hazte escuchar, usa tu nueva arma. Yo no te di este poder, tú ya lo tenías en tu arsenal; yo sólo te ayudé a recordar la existencia del mismo, así como un buen libro te ayuda a pensar. Habla, di lo que sientas, pero dilo con los argumentos más fuertes posibles, los más completos. Esto es lo que el mundo necesita. El mundo te necesita a ti; sálvalo.